No es que no se oiga nada. Es que lo que se oye es el viento, un perro a lo lejos y poco más. Cuesta acostumbrarse los primeros minutos.
La sala de abajo
Libros que se leen, juegos que se juegan, un sofá hondo. Un sitio hecho para no hacer nada, que ya es raro encontrarlo.
Para andar
Salen caminos desde la misma puerta. Unos de un rato, otros de toda la mañana. Te decimos cuál coger según las ganas que traigas ese día.
La mesa
Se come lo de la zona, lo de temporada, lo que toca. Nada de carta de doce páginas. Lo que hay ese día, bien hecho.
El desayuno
De aquí, no de sobre. Lo que se desayuna en el pueblo de toda la vida, puesto en la mesa por la mañana. Empezar así el día cambia el día.
El mirador
Desde lo alto del pueblo se ve todo de un vistazo: los tejados, el campo detrás y la sierra al fondo. Es el sitio al que sube todo el mundo y nadie se arrepiente.
Las calles
Empedradas, estrechas, sin un coche estorbando. Se andan sin prisa porque no llevan a ningún sitio al que haya que llegar corriendo.
El pueblo a media tarde
Cuando baja el sol, la gente saca la silla a la puerta. Te saludan aunque no te conozcan. Eso ya casi no se ve.